UN ROAD TRIP AL REVÉS DE LOS CRISTIANOS (SANTIAGO A BILBAO II)

Al que madruga, Dios –y el apóstol- le ayudan. Rondan apenas las 9 de la mañana y ya estamos al acecho de entradas sobrantes para visitar el Pórtico de la Gloria, el Pazo del Obispo Gelmírez y el Museo de Arte Sacro. Las dan con cuentagotas y se agotan en cuestión de minutos. Una vez conseguidas, caída de ojos y pestañas mediante (nunca falla), nos regalamos un café con churros en el café-bar Fonseca, en la cercana y preciosa plaza homónima, tan florida y ornada. Y toca hacerlo deprisa, porque a las 9 y media arranca la ansiada visita: tras la finalización en verano de 2018 de la laboriosa restauración del Pórtico de la Gloria, resulta complicadísimo hacerse con un hueco para extasiarse ante una de las joyas del arte medieval, con su espléndida policromía. No desmerecen la exposición temporal dedicada al Maestro Mateo, el coro pétreo, los tapices de Rubens y Goya, el panteón de reyes y su gran relicario, los balcones con vistas… Esperpento gallego: el botafumeiro viejo recién bañado en plata parece nuevo, y el botafumeiro nuevo no lo parece tanto. Ambos se exhiben, a falta de poder zarandearlos sobre los aterrorizados fieles –a ver si se va a caer y tenemos un disgusto- en el Museo de Arte Sacro.

Las temibles cuestas santiaguesas llevan al viajero hasta la plaza de la Universidad y su solemne Facultad de Geografía e Historia, cerca del antiguo hotel Suizo que en tiempos alojó a Ernest Hemingway y a Gonzalo Torrente Ballester. Y claro, pasadas las once ya toca lanzarse a la caza y captura de otra de las tortillas de patata gallega más célebres de España: la del bar Marte, frecuentado a estas horas por un nutrido contingente de policías de un cercano cuartel. Como quiera que los uniformados devoran generosas porciones de tortilla a mandíbula batiente, adoptamos el lema de la mañana: nosotros, lo que pida el cuerpo.

Y es que hay que tomar fuerzas para, al revés de los cristianos, deshacer camino y ponerse en ruta hacia Arzúa. Perecean aquí los peregrinos foráneos sentados a las puertas del Albergue Público, cerca de la recoleta Iglesia de Santiago. Estas son etapas del Camino Primitivo, que comunica la señorial Oviedo con la tumba compostelana. Aquí toca probar el delicado queso Arzúa-Ulloa, y a falta de poder hacerlo en Casa Nené, que no abre cocina hasta más tarde, nos sentamos en la concurridísima barra de O Furancho d´Santiso: tapa de cachelos con pulpo y tabla de quesos de la zona (San Simón, Arzúa-Ulloa, Galmesano). Lleno hasta la bandera, en una generosa barra atendida por mujeres donde se custodia la tradición de las tapas como en Santiago y nos sorprendemos ante parmiggiani y roqueforts locales: “son imitaciones, pero están muy buenos”. Esperpento valleinclanesco, once more.

Deshaciendo el camino se llega pronto a Mellid, rodeada de eucaliptos, robledales, castañares, maizales y cultivos de grelos. Están en fiestas, y eso es bueno: aquí se come el mejor pulpo á feira de España. Concretamente, en Ezequiel, a menos de 10 euros la ración. Las ferias de ganado del interior gallego siempre atrajeron a pulpeiras con sus inmensos calderos de cobre, y quien tuvo, retuvo. Casa Ezequiel ofrece a decenas de hambrientos peregrinos, viajeros y parroquianos mesas corridas de madera y toneladas de octópodos cocinados en cúpricos crisoles donde bailan a borbotones. Por las calles y plazas del viejo Mellid, resuenan los acordes de Primavera en los Apalaches de Aaron Copland interpretados de aquella manera por la Banda Municipal, en desigual lid con Raphael y su Puede ser mi gran noche destrozada con gracia y salero por una charanga inasequible al desaliento. A eso lo llamo yo ambientazo para el aperitivo: calles repletas, gente endomingada, hórreos, cruceiros e iglesias.

Lugo se ubica en una colina rodeada por el Miño y los pequeños ríos Chanca y Rato. En el Gran Hotel de Lugo nos alojan en una junior suite moderna y agradable. Tras la siesta, hay que pasear hasta la muralla romana, Patrimonio Mundial, y entrar previa petición de permiso al Círculo de las Artes. Modernista, sus socios dejan pasar la tarde de domingo jugando a las cartas en sus espléndidos interiores. Está en plena Plaza Mayor, donde surge también el bello ayuntamiento, no lejos de donde en tiempos se ubicaba el foro, hoy en la calle Raiña. Nos decidimos por recorrer la muralla sobre su camino de ronda cubierto de grava, desde la Puerta de San Pedro, o Toledana, hasta la rampa de la Puerta de Santiago, o Postigo. Pocas ciudades pueden enorgullecerse de contar con magnolios de tanto porte, reflejados en esas fachadas completamente vitradas que compiten con la severidad de los tejados de pizarra. Hay tanta pizarra, material pobre por antonomasia, en las humildes provincias de Lugo y Ourense: tanta en la Ribeira Sacra. Rondar la muralla asoma al viajero a un mundo secreto de jardines y huertos intramuros, casonas abandonadas que literalmente se desmoronan, calles angostas con suelos de pizarra.

Hay misa vespertina en la Catedral, y toda Lugo se somete a un rito religioso impresionante. En la capilla de San Froilán, una exposición temporal recuerda el 350º aniversario de la ofrenda del Reino de Galicia al Santísimo Sacramento. En volandas, el alma culta del caminante es llevada a los celestiales retablos laterales de la nave del crucero, a las historiadas capillas del deambulatorio, y en concreto a la capilla de la Virgen de los Ojos Grandes. Fuera, restos de una piscina romana, y por la calle Nova y la del Doutor Castro, hasta la domus del mosaico del dios Océano, donde un arqueólogo virtual narra, proyectado sobre muro romano, la historia de una gran ciudad imperial: César Augusto, las guerras cántabras y la Legio VII Gemina desfilan por nuestros ojos y oídos.

Lugo es una ciudad-homenaje a escritores y poetas, recordados en monumentos y placas por doquier, como en la barra del Terra Nostra frecuentado por Castelao: lo homenajeamos con unos sorbos de Mencía, lacón, oreja, champiñones y pimientos de Padrón. Y en el vecino Ave César, una Mahou bien fresquita con su tapa de fabas con pulpo. Al 101 Vinos hay que acercarse por su tapa de costilla y chorizo, y a O Castelo para rematar con una copa de Monterrey, tapa de ensaladilla, y empanadillas de pulpo. La muralla, iluminada, parece proteger con su milenario abrazo una ciudad gélida y lánguida.