UN CAMINO AL REVÉS DE LOS CRISTIANOS | OURENSE A VIGO

En Ourense, con los desayunos… ¡ponen tapas! Pides un cortado y te llega acompañado de milhojas de crema y tarta de manzana. Spain is different. Visitamos la catedral con audioguía: es una joya románico-gótica, con gran museo de arte sacro, Pórtico policromado del Paraíso (consecuencia del Pórtico de la Gloria compostelano), subida a la torre con vistas panópticas bajo los cuartos de la campana mayor… Quien odie las escaleras se perderá el exquisito Claustro de San Francisco, con su exigua sala de escultura anexa. Nos vamos sin ver las burgas romanas, otra vez será.

Ribadavia es la capital del Ribeiro. Su coqueto casco histórico esconde, una vez más, una judería, donde históricamente apenas hubo diferencias notables, arquitectónicamente hablando, con la comunidad cristiana. La Tafona de la Herminia aún vende dulces hebreos: Herminia está cansada –y muy mayor- pero aún recita, en gallego-sefardí-ladino-ashkenazí-yiddish su dulce letanía. Compramos dos paquetes mixtos, a 7 euros cada uno, para que podamos enviar uno como regalo para una amiga judía convaleciente en Madrid por un mal tropiezo. El pueblo arde en fiestas al pie de su castillo, del complejo de los dominicos -impactante-, y del puente diseñado por Eiffel sobre el río Avia.

Siguiendo un océano de ondulantes colinas tapizadas de viñas de Ribeiro, alcanzamos el Atlántico en Baiona. En Naveira, buena mesa marinera donde las haya, nos atracamos de marisco para luego pasear por el primer puerto español que recibió la noticia de la conquista de América. Aquí, todo lo recuerda, incluida una fiel réplica de la carabela La Pinta. A Baiona arribaron los Hermanos Pinzón, en una gesta que conmemoran un sinfín de placas al pie de la colina del castillo. Y antes de llegar a Vigo, un relajante baño en una de las muchas playas al sur de la gran ciudad, la del Panjón, atestada de familias a estas horas. Nos la había recomendado encarecidamente, junto con la vecina de Patos, la simpatiquísima camarera que nos consintió en la marisquería del almuerzo tardío. Y no sé por qué, nos la habíamos imaginamos diferente, quizás más solitaria. Hordas de niños corriendo como posesos alrededor nuestro no ayudaron, cierto es, a la contemplación meditativa. Ni a la siesta interruptus.

Vigo, portuaria, patibularia, con su animado casco histórico colgado de una colina. Siendo niño, mis padres nos traían a esta ciudad de vacaciones, y nada es como era, o como quiero recordar que era. Ya no quedan apenas ostreiras en el Mercado da Pedra, y decenas de edificios industriales languidecen, vacíos y desvencijados, en las calles aledañas al puerto. Nos alojamos, rodeados de astilleros, en el aséptico Eurostars Mar de Vigo, al lado del Auditorio de Congresos. Desde la colina del castillo, disfrutaremos de uno de los atardeceres más bellos de toda Galicia. Y por aquello de variar, cenaremos una estupenda y sorprendente pizza de lacón con grelos y chorizo criollo en O Faro, en plena y campanuda Alameda. Mestizaje puro: ¿alguien da más?