LISBOA, COIMBRA, OPORTO: VIAJE POR LA PORTUGAL DEL SIGLO XXI

Artículo disponible en formado audio narrado por Mikel González

Artículo publicado por la revista Diners (Colombia)

Somos cantores de la tierra lusitana,

traemos canciones de los aires y del mar,

vamos llenando los balcones y ventanas

de melodías del antiguo Portugal.

Oporto riega en vino rojo sus laderas,

de flores rojas va cubierto el litoral,

verde es el Tajo, verdes son sus dos riberas,

los dos colores de la enseña nacional.

“Estudiantina Portuguesa” (José Padilla, La hechicera en palacio)

Lisboa. “La estática luz dorada que perdura en las colinas de la ciudad con un esplendor como de lluvia reciente”, escribía Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa, 1987). La capital portuguesa conserva todo el encanto del pasado –con ese aire a Mozambique, a Goa, a Salvador de Bahía, a La Habana que flota sobre ciertos barrios- sin renunciar al futuro. Pero no son tierras lejanas. Forman un mundo extraño y sin embargo muy cercano a nosotros en el que, decía Pessoa, “todo es incierto y postrero / todo es disperso, nada entero”.

Claro que hay que recorrer la Avenida da Liberdade (los Campos Elíseos lisboetas), pisar la plaza de los Restauradores y visitar la Baixa, el afrancesado barrio erigido por voluntad del Marqués de Pombal tras el devastador terremoto de 1755. Cantaba Amália Rodrigues, reina del fado urbanita:

Lisboa não sejas francesa / Com toda a certeza / Não vais ser feliz

Lisboa, que idéia daninha / Vaidosa, alfacinha, / Casar com Paris

Lisboa, tens cá namorados / Que dizem, coitados, / Com as almas na voz

Lisboa, não sejas francesa / Tu és portuguesa / Tu és só pra nós

Lisboa, tan parisina… Pero en vez de un pastis, a la hora del aperitivo hay que tomarse una aguardentosa y acerezada ginjinha en la plaza del Rossio, antes de caminar las opulentas calles del Oro y de la Plata rumbo a la Plaza del Comercio, la antigua terraza del palacio que sepultaron las aguas en el siglo XVIII. Y cómo no tomar el tranvía (“amarillo de carril”, dicen por acá) 12 o el 28, que comunican la plaza de Figueira con el Castillo de San Jorge y el barrio de Gracia respectivamente, serpenteando colina arriba y colina abajo, dejando atrás maravillosos miradores. Imposible no visitar la Alfama, viejo barrio pesquero de retadoras cuestas donde aún se preparan espetos de sardinas al carbón, impensable no subir en funicular de cuña al Barrio Alto para escuchar fados en el Café Luso, la Adega Mesquita o la Adega Machado. En el inmenso estuario del Tajo, cerca de su desembocadura en el Atlántico, se recortan los majestuosos perfiles del Monasterio de los Jerónimos, joya del estilo manuelino, y de la Torre de Belén, baluarte que protegía la bocana del puerto más importante del mundo durante siglos. Visitar ambos monumentos llenándose la boca de pastéis de Belém, delicia que se hornea en el barrio homónimo desde 1837, a la sombra del mastodóntico puente colgante 25 de Abril –ah, la Revolución de los Claveles…- no tiene precio. Belém es un barrio cultural sorprendente: visite el nuevo y revelador Museo de Oriente y, por supuesto, el Museo Berardo, que aloja la mejor colección privada de arte moderno y contemporáneo de toda Portugal.

Todo lo anterior es típico y tópico. Pero no lo es tanto lo que ahora mismo, en estos precisos instantes, bulle en una ciudad que quiere sumarse a la vanguardia, enfrentando la adversidad económico-financiera con creatividad e imaginación a raudales. Es el caso del sorprendente proyecto Ala Nascente do Terreiro do Paço (Plaza del Comercio). De siempre, había que ir allá a almorzar al mítico y tertuliano Martinho da Arcada. Pero aunque hasta 2014 el proyecto no estará terminado, ya se pueden ver y disfrutar muchas de las novedades de esta carismática plaza: el Museo de la Cerveza (con restaurante), la cantina No Solo Italia, el innovador Can the Can, el desenfadado Populi y Ministerium, que unirá gastronomía y actuaciones. Y especial mención al novísimo Lust, con diferentes espacios, convertido a en uno de los lugares nocturnos de referencia aunque limitado a una clientela muy exclusiva. Que tiemble John Malkovich, socio de los cercanos (y, reconozcámoslo, fascinantes) Bica do Sapato y Lux.

Hasta hace relativamente poco tiempo, comer en Lisboa remitía a un puñado de direcciones infalibles: Tágide, Conventual, Casa do Leão, Pap´Açorda, Tavares… Ahora, todo el mundo habla de los nuevos restaurantes de José Avillez, joven y atractivo chef que pasó por las cocinas de Ferrán Adrià, Alain Ducasse y Eric Frechon. Después de dejar Tavares, acaba de inaugurar O Cantinho do Avillez y ha reinventado el clásico Belcanto, galardonado con 1 estrella Michelin. Sólo dos restaurantes más la ostentan en Lisboa: Feitoria, de José Cordeiro, y Fortaleza do Guincho, de Antoine Westermann.

Y si la gastronomía se reinventa en la ciudad del Tajo, qué no decir de los hoteles. Entre los nuevos destaca el último proyecto de la exquisita cadena española Fontecruz, especializada en pequeños establecimientos boutique con encanto. Ubicado en plena Avenida da Liberdade, cuenta con el primer Moët & Chandon Champagne-Bar de la ciudad. Se enfrenta a la dura competencia de otros secretos a voces, como los establecimientos que la cadena Heritage tiene repartidos por los rincones más carismáticos de la vieja Lisboa: As Janelas Verdes, instalado en un palacete del siglo XVIII junto al imperdible Museo Nacional de Arte Antiguo; Av. Liberdade, otro edificio histórico reinventado por el diseñador de moda, Miguel Câncio Martins; Britania, una joya art-déco; el cosmopolita Lisboa Plaza, y la joya de la corona, el soberbio, íntimo y exclusivo Solar do Castelo, con vistas de infarto desde el antiguo edificio que servía como cocinas en el Palacio de la Alcazaba, cuando Lisboa era musulmana. ¿Que prefiere la opulencia de un gran hotel? Opte por el Four Seasons Ritz o por el Pestana Palace, catalogado como monumento nacional.

La Lisboa de Fernando Pessoa, Almeida Garrett o Luís de Camões no estaría completa sin el nuevo destino literario: la Casa dos Bicos, flamante sede de la Fundación José Saramago. Imposible recorrer este país sin leer su Viaje a Portugal (1995). A buen seguro, el Nobel de Literatura 1998 no hubiese soportado la creciente presencia de tiendas multinacionales que han tomado la capital al asalto, pero sigue siendo posible encontrar tesoros realizados enteramente en Portugal (muchos de ellos se exhiben en el nuevo y céntrico MUDE-Museo del Diseño y de la Moda). Es el caso de Shoes Closet, un proyecto de Helena Amante y Miguel Marques con preciosos diseños de zapatos. O de A Vida Portuguesa desde Sempre, un pozo sin fondo de maravillas del país. Para el diseño contemporáneo, Design Store BCT es la nueva tienda de referencia, y en la clásica Vista Alegre ya producen objetos de porcelana vanguardistas. En moda, todos hablan de las locuras de Ricardo Preto, Filipe Faísca, Nuno Gama, Alexandra Moura y Nuno Baltazar. Ysi le fascinan los outlet, déjese caer por Freeport. Allá podrá encontrar auténticas gangas de diseñadores locales e internacionales, ideales para salir a rumbear por los sitios de moda, como la Pensão Amor. Durante muchos años, este antiguo edificio del XVIII fue utilizado por prostitutas y viajeros, pero ahora se ha convertido en uno de los bares más divertidos de la ciudad: cinco plantas llenas de sorpresas. Más tragos deliciosos, rodeados de lisboetas young, beautiful & stylish, en Bar do Rio, Bar Incognito, Bicaense, Cinco Lounge, Manga Rosa, Music Box, Resto, Silk y The Bedroom. Y con un toque retro, el bohemio y cabaretero Maxime, el fifties Café do Império, el gay Fragil y el Café A Brasileira, toda una institución. Para ver atardecer antes de lanzarse a la vorágine nocturna, suba a la terraza del Hotel Bairro Alto, o tómese un CaipiLost (una caipiroska con frutos rojos) en Lost in Esplanada Bar. Sin olvidar el rooftop bar del Hotel do Chiado, con vistas alucinantes.

Si no dispone de muchos días para visitar Portugal, céntrese en Lisboa y dedique una jornada para descubrir la serranía litoral. Desde la neo-manuelina Estación del Rossio se llega fácilmente en tren a Sintra, con sus antiguos palacios y señoriales residencias que dan fe de un pasado glorioso. Almuerce (o duerma) en el histórico Palacio de Seteais, y además de las visitas habituales, haga que le enseñen la Quinta da Regaleira, soberbio capricho arquitectónico en medio de una naturaleza apabullante. Un paseo por Cascais –con parada incluida en el mercadillo de la Boca do Inferno- sabe mejor si se almuerza pollo al carbón con piri-piri y cerveza Sagres en la Casa dos Frangos, y tras una pausa cultural en la ultramoderna Casa das Histórias-Paula Rego, por qué no gastar unos cuántos euros en el cercano Casino de Estoril, el mayor de Europa. Pero si no tiene prisa, alquile un carro y viaje hacia el norte. Deténgase en Óbidos, uno de los pueblos más bellos de Portugal, y en Alcobaça, donde le contarán la historia de Doña Inés de Castro, o cómo reinar después de morir. Nazaré tampoco puede faltar en nuestra ruta lusitana, con su playa de humildes pescadores en la marina baja y las lindas calles de su medieval castro alto. Muy cerca, el Monasterio de Batalha, exuberante y gótico, recuerda las siempre difíciles relaciones históricas entre Portugal y la Corona de Castilla. Y mención especial merece el Santuario de Nuestra Señora de Fátima:

El trece de mayo / la Virgen María / bajó de los Cielos / a Cova de Iria.

“Lisboa canta, Coimbra estudia, Oporto trabaja”. La ciudad universitaria por antonomasia en Portugal es Coimbra, a orillas del río Mondego. Callejear por su bello casco histórico, siempre animado por la presencia de jóvenes estudiantes, es todo un placer. Para descansar, cruce el río y consiga una habitación en la Quinta das Lágrimas, a la sombra de la sequoia que plantó el Duque de Wellington cuando se alojó acá. O desvíese unos cuántos kilómetros al noreste, hacia la majestuosa Mata do Buçaco, para dormir en el hotel más increíble de todo el país (y uno de los más bellos del mundo): el Bussaco Palace, en tiempos habitado por los reyes portugueses.

De nuevo rumbo al norte hay que detenerse, aunque sea brevemente, en Aveiro, la Venecia portuguesa, y comer un arroz con pulpo en cualquiera de sus excelentes restaurantes. Y por fin, a orillas de la desembocadura del Duero y tras superar el puente diseñado por Eiffel que la une con Vila Nova da Gaia, el viajero llegará a Oporto. Quizás quiera alojarse en Vila Nova, rodeado de grandes bodegas: hay que hacerlo en el Vintage House, nueva dirección de moda, propiedad de Fladgate Partnership (o lo que es lo mismo, el grupo formado por los tres gigantes del vino de Oporto: Taylor´s, Croft y Fonseca Guimarães). Cuenta con un spa especializado en vinoterapia, y al mando de su restaurante (único con estrella Michelin en la ciudad) se encuentra un Ricardo Costa en estado de gracia. Las vistas sobre el río y la ciudad son sencillamente espectaculares. Si prefiere dormir en Oporto, hágalo en el Infante de Sagres, tan descaradamente british, en la histórica Pousada Freixo Palace (algo alejada del centro) o en el Pestana, asomado al Duero. Muy cerca de este último se encuentra el excepcional restaurante Don Tonho, y si prefiere vistas al amplio océano, acérquese hasta el punto donde el río desagua en el Atlántico y goce con la fusión luso-asiática del exclusivo y minimalista Shis. De noche, rumba segura al otro lado del Duero, en la ribera de Vila Nova, con multitud de locales para todos los gustos. Si sólo dispone de unas horas para conocer Oporto, no se pierda el contemporáneo Museo Serralves, la modernísima Casa da Música (obra del laureado y siempre polémico Rem Koolhaas), los edificios diseñados por Alvaro Siza para la Escuela de Arquitectura, la Iglesia y Convento de San Francisco (barroquísimos) y la librería Lello e Irmão, la más hermosa de toda Europa. Cerca de la ciudad, un par de días bastan para descubrir Guimarães, cuna de Portugal protegida por la Unesco; Braga y Bragança, cargadas de historia; y Barcelos, donde se producen los gallos de barro cocido símbolo del país, recordando el cuento peregrino-jacobeo de la gallina que cantó después de asada.

Al sur de Lisboa, Portugal también existe. Evocar el pasado islámico del país remite a localidades como Beja, Serpa o la desconocida Mértola. Y más lejos, el Algarve, con fantásticas playas y un clima benéfico durante todo el año. Tesoros esperando a ser descubiertos en uno de los extremos de Europa.