UNA CIUDAD MUERTA, UN FUERTE ROJO, UNA TUMBA BLANCA

La amanecida alborea mientras por enésima vez pasamos frente al Fuerte Amber, camino de las murallas de Jaipur. Ponemos rumbo a Fatehpur Sikri, la ciudad muerta del gran emperador mogol Akbar.

Por razones que en esencia aún se desconocen, Fatehpur Sikri fue creada de la nada, con enorme derroche de medios, y habitada apenas durante 15 años para ser luego totalmente abandonada. Los guías locales dicen que por falta de agua. Sorprende aseveración tal en un recinto arqueológico donde abundan los aljibes, albercas, estanques, piscinas y abrevaderos, preparados para la recogida de aguas durante la época monzónica. El caso es que el siglo XVI vio surgir en un páramo una de las ciudades más fascinantes de su época, elevada a la gloria por la magnificencia del Sultán de los Creyentes y Sombra de Dios sobre la Tierra, y condenada al ostracismo y olvido de forma instantánea por la misma voluntad real. ¿Acaso un caro y extravagante capricho? ¿Una demostración de poder infinito? Un veneradísimo santón sufí reposa en refinada maqbara en el patio de abluciones de la alucinante mezquita, la mayor estructura del conjunto. Su Puerta de la Victoria sobrepasa la imaginación, desborda todos los límites del sano juicio, convirtiéndose en una afirmación rotunda de poder absoluto, casi divino. La gran sala hipóstila, el mihrab, el minbar, la qibla: arte islámico mogol con un sincretismo inaudito, mitad jainista, mitad hindú. Eclecticismo arquitectónico y decorativo elevado a la enésima potencia, materiales ricos como el mármol y la pietradura conviviendo con la humilde arenisca. Un delirio.

Recorrer Fatehpur Sikri implica un fuerte ejercicio de abstracción. ¿Cómo comprender, desde nuestra materialista y utilitaria concepción occidental, el reto de construir una ciudad para no habitarla? Nos dejamos fácilmente fascinar por los ciclópeos establos, imaginando briosos corceles piafando inquietos, encabritados y nerviosos, con los ojos desorbitados y la crin erizada. Recorremos la zenana, el sutil harén con sus misteriosos y evocadores jalis, las celosías, tras las cuáles nunca hubo auténtico serrallo. ¿Qué espíritus habitan este locus amoenus, este lugar que encandila? ¿Acaso no escuchamos el frufrú de los saris, el metálico cliqueteo de ajorcas y zarzillos, las apagadas risas de las huríes que nunca existieron, los lánguidos suspiros de las concubinas insatisfechas? Ahí, muy cerca, a apenas unos metros, se encuentra el edificio que custodia uno de los capiteles más famosos del arte mogol, derroche de lotos de arenisca, de sinuosas curvas, potente y definitivo. Más allá el Pancha Mahal, el palacio de cinco niveles, etéreo y frágil como un castillo de naipes. Acá la mardana, el espacio masculino por excelencia. Más allá una torre-mirador, un faro de eternidad.

Apenas una hora nos separa de Agra, una de las ciudades más feas de todo el norte indio. Fea no: ho-rro-ro-sa. Inmensamente contaminada, sobrepoblada (como todo el Estado de Uttar Pradesh) y caótica, cuenta sin embargo con algunos de los conjuntos más bellos del arte mogol: el Fuerte Rojo y, of course, el Taj Mahal. El primero es sencillamente el conjunto de fuerte-palacio-ciudadela-mezquita más impactante de la región, desgraciadamente machacado por los británicos que lo convertirían en cuartel. Una pieza fundamental para comprender el refinamiento y rotundidad del arte y arquitectura mogol, absolutamente majestuoso. Monumentales puertas en codo, incrustaciones de piedras de colores y rampas infinitas flanqueadas por grandes muros conducen hasta la plataforma superior de un recinto enorme. Agra fue capital de la India mogol, y la sede del sultanato estuvo en el Fuerte Rojo. Aquí, en una bellísima sala hipóstila que sobrevuela todo el complejo, se encontraba el Trono del Palacio Real, que los persas se llevaron a Teherán. El Shah Jahan, constructor del Taj Mahal, fue encarcelado en el harén del Fuerte Rojo, desde donde disfrutaba de melancólicas y distantes vistas sobre su magna obra. Cuentan que había proyectado un segundo mausoleo al otro lado del río que baña la ciudad, y que hubiese sido de haberse realizado una réplica exacta del original pero en mármol negro. Nunca vio cumplido su sueño, y murió de un empacho de afrodisíacos. Es lo que tiene que a uno lo encarcelen en el gineceo…

Es verdad que desde el Fuerte Rojo se obtienen bellas instantáneas del Taj Mahal, algo difuminadas por la espantosa contaminación de la ciudad. La bruma que comienza a brotar del Betwa, el río local, no ayuda mucho a obtener una imagen definida del objeto, y menos en la distancia. Así que ponemos rumbo al monumento indio por antonomasia, nueva Maravilla del Mundo, canto de amor y canción desesperada, oda a la belleza caduca y el recuerdo perenne de Mumtaz Mahal. Todo un acto de extravagancia amorosa. Hábilmente estudiada, la perspectiva esconde el mausoleo tras portentosos muros ocres y monumentales iwanes. De pronto, un arco apuntado, deliberadamente persa, ordena al caminante dirigir sus pasos hacia su intradós, guardián de un espacio achatado y oscuro tras el cual comienza a tomar forma un volumen blanquecino. El arco se convierte en marco, el volumen en mausoleo. Apenas abandonamos ese microcosmos mineral, el mundo natural acoge más allá –siempre más allá- el fabuloso Taj Mahal.

«Voir Naples et mourir, ça n´existe plus…». Una compañera de viaje lo afirma y tiene toda la razón del mundo: el síndrome de Stendhal ya no afecta a los occidentales del siglo XXI, tan saturados de imágenes como estamos. Muy probablemente, quienes hayan visitado la India hace décadas tuvieron ocasión de sentirse épatés, abrumados por el Taj Mahal, pero dudo que hoy en día cause en el viajero global sentimientos sensacionales. Por mucho que me esfuerce en describir los detalles constructivos, los históricos, la verdad y la leyenda; por mucho que insista en lo que convierte a este complejo en un maravilloso monstruo (del griego monos = único); por mucho que la luz nos presente la pieza ora blanca, ora rosada, ora teñida de un seráfico azul, son imágenes manidas, millones de veces reiteradas y por todos conocidas. En claro desafío a las ansias del turista por verlo todo, la maqbara se nos presenta oscura, iluminados los cenotafios del Shah Jahan y su Mumtaz Mahal apenas por un hilo de luz que brota de una lámpara de bronce suspendida en el vacío.

A veces, sin embargo, hasta los estereotipos logran sorprendernos. El sol se ha puesto ya hace rato cuando deshacemos el camino por el jardín Char Bargh, inspirado una vez más en el paraíso persa, y cada pocos pasos nos volteamos para ver cómo un pesado velo de melancólica oscuridad va desdibujando los perfiles del mausoleo. “Cada 100 años, el pueblo de Brigadoon surge de la niebla”, y uno se imagina a Gene Kelly suspirando por las larguísimas piernas de Cyd Charisse, entre un totum revolutum de kilts, tartanes y copazos de whisky. Reducido a mera sombra, ya que las autoridades islámicas de Agra no permiten iluminarlo más que las noches de luna llena, vaya usted a saber por qué, deja paso humildemente a las candelas que alumbran decenas de chattris, confiriendo al ambiente un aura de antiguo cuento oriental, fábula de mil y una noches, mito y leyenda. Y un halo de irrealidad lo inunda todo. La belleza absoluta tiende a confundir los sentidos, cuando no a perderlos.