MAPUTO: FADOS MULATOS EN LA LISBOA AFRICANA

Artículo disponible en formado audio narrado por Mikel González

Desde la frontera entre Swazilandia y Mozambique, el camino hasta Maputo, la antigua Lourenço Marques de los portugueses, muestra un paisaje cambiante rumbo al Océano Índico. Me dirijo al mítico hotel Polana, donde pasaré apenas unas horas. Como en la novela Una noche en Mozambique del premio Goncourt Laurent Gaudé.

Por el ensanche de Maputo, un paseo vespertino me lleva camino de la Baixa, como el ilustrado barrio pombalino que surgió en Lisboa tras el terremoto de 1755. La ciudad nueva homenajea en sus calles a Allende, Lenin, Marx o Nyerere, entre grandes acacias y jacarandás. Tras la Revolución de los Claveles el 25 de abril de 1974, el caído régimen salazarista abandonó las colonias de ultramar a su suerte. El Frente de Liberación de Mozambique, la guerrilla marxista-leninista, se hizo con el poder ese mismo año. Apenas dos antes de una cruenta guerra civil.

Sorprende en Maputo la calidad de la arquitectura de los 50, 60 y 70, en espaciosas avenidas arboladas cuyas aceras ocupan vendedores de fortuna. En una de ellas se esconde la Villa das Mangas, un hotel art-déco con encanto y un patio rodeado de frondosos mangos. Una marea negra lo invade todo: charlatanes, estudiantes, trabajadores esperando pacientemente que llegue la “xapa”, el transporte colectivo. Superando la calle Carlos Marx, el edificio del Ayuntamiento y la Catedral católica, alcanzo el antiguo Mercado Central, construido en 1901. Ya casi cierran, y las pescaderas me ofrecen verdiazulados “carapaus” o jureles. Muchas son musulmanas: cerca se encuentra la Mezquita Juma, la mayor de Mozambique. Según su imam, un parlanchín y barbudo indio, más del 50% de la población del país, sobre todo al norte, es ya mahometana suní. Yo prefiero, para mitigar el calor tórrido, caer en la tentación de una cerveza Laurentina bien helada, seguida de una botella de Monte Velho, un vino verde alentejano. Y mis párpados se cierran pensando en Henning Mankell, el escritor sueco que creó al detective Kurt Wallander. Vivía la mitad del año en Maputo, dirigiendo el Teatro Avenida.

La veranda del hotel Polana se abre al Índico, regalando al viajero infinitas vistas sobre los archipiélagos cercanos. Cerca de la orilla, desde las colinas se descuelgan hacia el mar hermosas construcciones con jardines llenos de buganvillas, mangos y acacias. En palabras del escritor Javier Reverte: “Maputo, capital de Mozambique, es una sorpresa para la sensibilidad y además un buen remedio para las ideas preconcebidas. (…) África siempre nos sorprende. “Semper aliquid novi ex Africa”, dijo un célebre escritor romano, creo que uno de los Plinios. “Siempre hay alguna noticia nueva sobre Africa”. (…) Maputo cumple sobradamente esta regla”.

A ambos lados del hotel, en plena avenida Julius Nyerere, se suceden las legaciones diplomáticas que ocupan impresionantes mansiones. La avenida conduce hasta el mar, pasando por villas-miseria que evidencian la delgada línea que separa el cielo del infierno. Temprano en la mañana, pequeños grupos cristianos celebran en la playa bautismos colectivos por inmersión. Regreso a la Baixa de día, pasando por el Club Marítimo y un enorme mosaico que recuerda al último Matisse. Abundan el modernismo y el art-déco. Me espera la Estación Central, una de las grandes obras de Gustavo Eiffel en el cono sur africano. Su fachada es pomposa, grandilocuente, afrancesadamente neorrenacentista. No registra mucha actividad en los albores del día, y esconde lo que parece un simple café-bar: el Kampfumo Bistro. Pero basta con asomarse a su abigarrado interior para descubrir uno de esos espacios con alma que ponen alerta los sentidos: azulejos vidriados, un bello reloj de estación, manteles de hilo, cubertería de plata, copas de colores y pesadas cortinas separando minúsculos salones. Tras el mostrador, un cartel con el hierático rostro de la fadista Maria João Quadros, anunciando su recital “Fado Mulato” en el lisboeta Coliseo dos Recreios. Y frente al cartel, una mujer que se parece mucho a la celebérrima cantante.

“Buenos días, qué restaurante tan bonito tiene, enhorabuena. ¿Es usted hermana de Maria João?”.

“Sí, somos tres hermanos, todos nacidos aquí, y todos emigrados a Portugal en 1975, cuando cayó Salazar y las colonias de Angola y Mozambique fueron lanzadas a los perros por esos mismos jóvenes oficiales que se habían formado en ellas, y que luego protagonizarían la Revolución de los Claveles. Las dos joyas de Portugal en el África Austral, en manos de las guerrillas comunistas. Yo he sido la primera en regresar, y después volvió mi hermano Nunho. En cuanto a mi hermana, su carrera internacional la obliga a vivir en Lisboa. Cuando vuelva allí llámela y pásese por su reducto fadista, se llama Casa das Mariquinhas y está ubicado en Alcântara, en el Largo da Armada 17. Tome, este es su número”.

Y me da el contacto de su hermana para que no deje de contarle que he estado con Isabel en su pequeño restaurante de Maputo. Y me enseña orgullosa las fotos de lo que estas cuatro paredes han vivido a lo largo de varias décadas: músicos de talla mundial abrazados a ella y a su hermano, imágenes de las etnias previas a la descolonización, de su hija que vive en Madrid. Si alguna vez regreso a Maputo –y regresaré- me pasaré las noches aquí, charlando con Isabel y sus camareras mulatas, tomando “bicas” -cafés solos, fuertes-, y degustando alguna de sus especialidades culinarias mientras escucho fados mulatos.

Sigue Reverte: “En Maputo parecen convivir tres almas: la de la vieja África cándida, hospitalaria a menudo, olorosa y alegre, agreste en ocasiones y miserable en sus condiciones de vida; la de una época colonial que permanece viva en muchos de los edificios y en el trazado urbano; y la de un África que empieza a asomarse a la modernidad de la mano de las hamburguesas, los centros comerciales y los concesionarios de automóviles. En Maputo palpitan la saudade de los portugueses, la influencia de la próspera y americanizada Sudáfrica y el recio aroma del África sonriente y pobre”.

Resulta evocador recorrer estas calles que alternan nombres portugueses con adalides del marxismo-leninismo. Y una arquitectura que intentó remedar la de la lejana metrópoli. Preguntocómo llegar hasta la Casa de Ferro, la segunda de las grandes obras de Eiffel en Maputo, y pronto diviso una curiosa construcción de paneles y pernos de hierro. Al otro lado de la Avenida Samora Machel, un antiguo teatro art-déco coquetea con el edificio de las Líneas Marítimas Mozambiqueñas, joya de finales de los 50. Arquitectura de calidad internacional pasada por el tamiz folclórico del Trópico de Capricornio. Muy cerca, el Centro Cultural Francés ocupa los antiguos cuarteles del club privado más selecto de la Maputo colonial. Y me topo con los almacenes centrales de la Casa do Elefante, negocio textil que nació con la colonia, creció con la independencia, sufrió la guerra civil y aquí sigue.

Y de nuevo, el Índico. Alguien me comentó antes de iniciar mi gran periplo austral africano: “Si vas a Maputo, no te pierdas tres cosas: el hotel Polana, la Estación Central y el restaurante Costa do Sol”. Cumplidas las dos primeras, regreso a la playa, plagada de mariscadoras de marea muerta. Al final del frondoso camino de plumerias, flamboyanes y jacarandás, surge el célebre restaurante art-déco, propiedad de antiguos colonos portugueses. Me ofrecen petiscos, esos deliciosos bocados que evocan Lisboa. Sopla una agradable brisa que llega del océano, arrebatador bajo un cielo no cabe más azul que apenas recortan unas ondulantes palmeras.