DE BAMAKO A SÉGOU, LA TIERRA DE LOS BAMBARA

Gran Mezquita de Bamako. Viernes. Una y media de la tarde. El imam desgrana en su sermón de la zelá de mediodía una letanía monocorde en perfecto árabe dialectal. Altavoces estratégicamente ubicados en el patio multiplican su mensaje, mientras cientos de mujeres altivamente engalanadas y hombres con la cabeza cubierta por un hadj escuchan con atención. Huelga decir que nadie entiende nada, pero eso no parece importarle ni al imam, ni a los ulemas que se reparten estratégicamente entre el gentío, ni al gentío mismo. Es viernes, una y media de la tarde, y el tout Bamako está aquí, inclinándose ante el dios de los mahometanos sobre estrechas y chillonas musalas.

En el África negra islámica, un salam aleikum dicho a tiempo abre muchas puertas. También permite franquear las del recinto de la mezquita-aljama, pese a las desaprobadoras miradas que se abaten sobre nosotros. Enseguida, un joven ulema se erige en portavoz de los que bajo ningún concepto quieren vernos allí, y con firmeza nos indica que nos marchemos, cerrando la verja apenas hemos abandonado el lugar. Ni vamos vestidos para la ocasión –en el grupo abundan las mangas cortas y los tirantes, sobretodo entre las féminas- ni tengo ganas de discutir mucho con el muchacho que acaba de ponernos de patitas en la calle.

El calor a estas horas es ya considerable. Un ciego canta un romance de cordel mientras su lazarillo pide óbolos a los píos que se han acercado a la mezquita. Cerca, el Grand Marché, el mercado central colonial, nos sirve de refugio contra la canícula mientras aprovechamos para familiarizarnos con la artesanía del país: tallas de madera al estilo dogón, marroquinería tuareg, bogolanes bambara… Varios puestos de gri-gri, amuletos realizados con cabezas de macacos, serpientes, cuernos o cauríes, nos revelan el poder que la superstición y la magia tienen en África. Aquí, toda desgracia, lejos de tener una relación causa-efecto, como en el pensamiento occidental, se basa simple y llanamente en la acción de un brujo.

“El mal es la maldición del mundo y por eso los brujos, que son sus agentes, portadores y propagadores, los tengo que mantener lo más lejos posible de mi persona y de mi clan, pues su presencia envenena el aire, siembra la peste y hace que la vida se vuelva imposible, que se convierta en su contrario, la muerte. Si ha fallecido algún allegado, se ha quemado la casa, se me ha muerto la vaca y yo yazgo sin sentido, tumbado por un ataque de malaria, ya sé lo que ha pasado: alguien me echó mal de ojo. Así que si tengo fuerza, yo mismo, y si estoy demasiado débil, mi aldea o mi clan, empezamos a buscar al brujo culpable. El brujo en cuestión, ex definitione, tiene que vivir y actuar entre otra gente, en otra aldea, otro clan o tribu. Nuestro recelo y suspicacia contemporáneo hacia el Diferente, el Extraño, tiene su origen en el miedo ancestral de nuestros antepasados, que veían en el Otro, en el No-Congénere-Tribal, al portador del mal y fuente de la desgracia. Ya se sabe que el dolor, el fuego, la peste, la sequía o la hambruna no se producen por sí solos. Alguien ha tenido que traerlos, sembrarlos o difundirlos. Pero ¿quién? Seguro que no los míos, mis allegados, los nuestros, pues éstos son buenos: la vida sólo es posible entre gente buena y yo estoy vivo. De modo que los culpables son los Otros, los Diferentes. Por eso, al buscar venganza por nuestro daño y por nuestros fracasos, nos indisponemos con ellos, surgen los conflictos y nos enzarzamos en guerras. En una palabra, si alguna desgracia se ha cebado en nosotros, su fuente no está en nuestro interior, está en otra parte, fuera, más allá de mí y de mi comunidad, lejos, en los Otros”.

Ryszard Kapuscinski, en Ébano, logra definir con acierto la importancia de saber cómo erradicar el mal, el hechizo, y en África eso se logra con conjuros, amuletos, magia. Frente a los puestos de gri-gri, pocas bromas.

Hace calor y estamos cansados, así que decidimos regresar al hotel para disfrutar de su estupenda piscina y dormir una breve siesta. De vuelta a nuestros vehículos, recorremos la zona de los Nuevos Ministerios, un complejo inacabado regalado por Ghadafi a los malienses; el desarrollo ACI 2000, muestra del nuevo urbanismo oficialista, y el centro comercial de la ciudad, donde se ubican la antigua Estación del Ferrocarril Dakar-Níger, el Ayuntamiento, la catedral… Compramos mangos y bananas, y disfrutamos de una ciudad viva, repleta de gente digna, hermosa, ataviada con coloristas telas enceradas, algunas estampadas con motivos políticos o sociales.

Todo esto, que sucedió ayer, viene a mi memoria mientras deshacemos los 220 kilómetros que separan Bamako de Ségou. Para alcanzar la carretera hay que atravesar el Níger y tomar la dirección noreste. Poco a poco, la ciudad se desdibuja para dejar paso a una interminable llanura salpicada por mangos, karités, acacias y baobabs. Nos detenemos en una zona plagada de termiteros, y aprovechamos otro par de altos en el camino para familiarizarnos con los conceptos de clan, de tribu, de unidad familiar. Las mujeres preparan harina de maíz y mijo, extraen manteca del fruto del karité, mientras su numerosa prole se acerca a nosotros con lúdica curiosidad.

Aprovecho las horas de viaje para evocar el río Níger, el río de los negros. El que, cuenta Herodoto, separaba el África blanca (bereber, tuareg, magrebí…) del África negra, la misteriosa, la de los hippos potamos, los caballos de río que excitaron la imaginación del mayor mentiroso de la historia. Leo también un cuento maliense, y algunos capítulos de Kaidara, el relato iniciático peul de Amadou Hampaté Ba. “En África, cuando un anciano muere, se incendia una biblioteca”.

Poco a poco nos acercamos a Ségou, el orgulloso feudo de los bambara.

Imágenes: Silvia SEVILLA | flickr.com/photos/silviasevilla